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Podemos predecir los terremotos? Mitos, hitos, conspiraciones, y la vuelta de Vanna Marchi.

 

Los eventos recientes, con el terremoto de Canela Baja y el subsiguiente tsunami que han azotado la costa Chilena, han propuesto una vez más un tema de indudable éxito en los talk shows, radios, y conversaciones de la calle: ¿se pueden predecir los terremotos? El interés morboso por lo desconocido ofrece un espacio, quizás demasiado democrático, a opiniones de todo tipo, permitiendo la entrada en la escena de saltimbancos y malabaristas del escenario mediático chileno e internacional. Estas líneas ofrecen una reflexión meramente científica, con el intento de avisar al ciudadano sobre el estado de verdad, que puede resumirse con la infame, e inopinable, aserción: “los terremotos no pueden predecirse”.

 

Para empezar, ¿que quiere decir “predecir”? La aserción “este mes va a haber un terremoto” es simplemente ridícula desde el punto de vista científico. El “donde” (coordinada geográfica), el “cuando” (coordinada temporal), y el “cuanto” (la magnitud del terremoto) tienen una colección de componentes intrínsecas que el ser humano resume bajo el concepto de “incertidumbre” o azar. Esto implica que cualquier afirmación sobre fenómenos naturales que todavía no hayan ocurrido tiene una valencia probabilística. En otros términos, deberíamos completar la aserción anterior diciendo que “hay una cierta probabilidad que este mes va a haber un terremoto”.

 

Ahora, una buena predicción debería ser fiable (es decir, pocas falsas alarmas, pocos fallos de predicción) y precisa (si digo que ocurre un terremoto en Chile en el próximo siglo, no estoy siendo muy preciso; si digo que ocurre en la V Región durante el próximo mes, estoy siendo bastante más preciso). Si se acepta este concepto, entonces lamentablemente la ciencia se encuentra delante a un muro de las lamentaciones: ninguna técnica de predicción se ha revelado, hasta la fecha, ni fiable, ni precisa.

 

El terremoto es el resultado de un improviso desliz en una falla geológica. Este problema de fracturas y fallos es notoriamente intractáble. La inaccesibilidad de mediciones directas a la zona de ruptura, y la heterogeneidad del planeta Tierra, imponen dificultades adicionales al estudio del fenómeno.

 

La asignación de “probabilidades” de ocurrencia del terremoto (dónde, cuándo, cuánto) puede ser enfrentada desde la perspectiva del estadístico. Si estuviera en el talk show y tuviera que contarlo al ciudadano medio, entonces diría: observamos unos datos, que se encuentran en los catálogos. En estos, encontraremos la localización del hipocentro, la fecha, y la magnitud (y muchas cosas más, pero en este momento, no viene al caso). Ahora, construimos un modelito, que es simplemente un juguete matemático para representar de forma simplificada algo que es en realidad mucho más complejo. Si este modelito se ajusta a los datos, entonces podemos utilizarlo para decir que podrá pasar en el futuro. A este punto, el problema es: ¿cuántos datos tenemos a disposición? Si nuestro interés está en predecir los sismos a partir de una cierta magnitud (por ejemplo, a partir de 7 grados de la escala Richter) entonces veremos que los terremotos son eventos raros. Es más, si a cada terremoto asignamos una etiqueta que es su coordenada espacio-temporal, entonces dicho evento es prácticamente único. Asignar probabilidades en base a un único evento no tiene sentido. . .

¿Termina aquí la labor de un estadístico? No, inventemos algo más: olvidemos espacio y tiempo, y miremos el numero de ocurrencias de sismos respecto a la magnitud. Intuitivamente, habrá muchos sismos de pequeña magnitud, y muy pocos de alta magnitud. Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado por la escuela Rusa, guiada por el gurú Yan Kagan, quien habló de invarianza de los fenómenos respecto a la escala. Esto significa que los terremotos tendrían un comportamiento “similar”, “homogéneo”, respecto a la magnitud. Lamentablemente, dicha ley vale hasta un cierto punto: Kagan demuestra despiadadamente que, a partir de 7 grados Richter, hay cambios abruptos en la relación “numero de ocurrencias” versus “magnitud”, lo cual ofrece otro panorama desolador para el estadístico hambriento de predicciones.

El estadístico desconsolado vuelve a casa sin resultados y decide consultar al geofísico, que conoce íntimamente las leyes que desatan estos mecanismos. Una vez más, el estadístico pregunta: ¿“puedes decirme algo sobre las características de estos eventos”? El geofísico consulta su inmensa literatura y contesta con paciencia: “Para que un gran terremoto sea predecible, esto debería resultar de un preciso estado físico. Lamentablemente, la Tierra se encuentra en un estado auto critico. Es más, el hecho que un pequeño sismo desate uno grande depende de un miríada de condiciones físicas que se desarrollan en grandes dominios, y no en una vecindad pequeña donde ocurre la ruptura. Finalmente, dichas condiciones iniciales son desconocidas.”. Traducción: cualquier terremoto de escala pequeña podría desatar un terremoto grande. Ulterior traducción para el estadístico: predecir equivale a tirar una moneda y mirar el resultado.

Olvidemos la perspectiva aséptica del matemático, la impotencia del estadístico, y la objetividad de geofísicos y sismólogos. Usemos simplemente la lógica y nuestra capacidad de observación: “cuando hay terremotos, los animales se ponen nerviosos”. Por cuanto esto pueda parecer raro, los científicos también han considerado esta forma de sabiduría ancestral bajo una perspectiva más rigurosa, llamando “precursoras” todas las variables que pueden decirnos algo sobre la ocurrencia de dichos eventos. Cualquier evento anómalo (de tipo sismológico, químico, eletromagnético, hasta el mismo comportamiento de los animales) podría ser considerado como precursor. La antinomia ocurre al constatar que los precursores se manifiestan después de la ocurrencia del sismo, lo cual abre a otra colección de perplejidades. No hay forma de demonstrar cuál pueda ser considerado un precursor digno: estudio de correlaciones, tests estadísticos y toda otra clase de validación han ofrecido, una vez más, un escenario donde falta la información mínima para poder construir un modelo, que es la base para poder pensar en una predicción.

Lo explicado no debe, de ninguna forma, resumirse en una aserción de lesa majestad hacia los sismos. La ciencia sigue progresando con la intención de entender siempre más acerca de objetos tan complicados. Quien escribe cree que la clave del éxito resida en el diálogo entre científicos de áreas tan diversas como la sismología y la geofísica, la matemática y la estadística, la oceanografía y otras más. El mensaje dejado por Seismomatics, que tuve el honor de empujar, es justamente esto.

Otro aspecto importante es que el ciudadano debería convencerse que la obsesión hacia la palabra “predicción” debería ser remplazada, con la misma energía y entusiasmo, por la palabra “prevención”, de forma que podamos estar preparados a enfrentar estos eventos en cualquier momento de nuestra vida.

De ciencia se habló, y no de chamanes, que lamentablemente tienen más éxito que el científico en el escenario mediático. Los “Vanna Marchi” del mercado de los desastres invaden la escena con mensajes apocalípticos: en un post reciente, unos simpáticos amigos asignan probabilidades, según criterios totalmente obscuros, de ocurrencia de un sismo de grado 8.5 en Valparaiso. La ciencia se debe a su rigor: la probabilidad que podamos asignar a un evento depende de variables objetivas y subjetivas. Estas últimas se pueden tener en consideración, pero siempre dentro de un contexto riguroso: la matemática. La falta de transparencia, la imposibilidad de acceder a un procedimiento de calculo interpretable por otros científicos, y la falta de publicaciones científicas por parte de este grupo de autores, tienden un velo de perplejidad y desconfianza sobre los mensajes que ellos puedan difundir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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